La imposibilidad de la renta básica universal

Muchas personas defienden hoy la renta básica universal (RBU). Y, sorprendentemente, no sólo desde grupos de izquierda, también desde grupos conservadores. Véase el caso de Finlandia, primer país en experimentar con la RBU teniendo un gobierno de centro-derecha.

Desde estos colectivos se defiende la RBU como herramienta para incrementar el poder de negociación de los más vulnerables. Alegan que la RBU, al ser un ingreso incondicional, ahorrará muchos recursos a la Administración, que ya no tendrá que examinar a los candidatos para comprobar que cumplen con unas condiciones (como en el caso de una renta de reinserción). Las personas podrán dedicarse a lo que les apetezca y, por lo tanto, serán más productivas. Dejarán de ser dependientes de los propietarios, y así, serán más libres.

Para poder financiar esta renta proponen sustituir todas las prestaciones sociales de ingresos (pensiones, becas, subsidios, etc) por la RBU. Aunque no sólo basta con eso, es necesario aumentar la presión fiscal, que dicen, es inferior a la media europea y de los países nórdicos.

Los contras

El primer problema que se presenta es: ¿quién va a desempeñar los trabajos que menos gusten? ¿Y si nadie quiere trabajar en una determinada tarea, (como puede ser el cuidado de personas mayores)? O incluso ¿y si nadie quiere trabajar?

El segundo inconveniente tiene que ver con el fondo teórico que plantea la RBU. Supuestamente, el no ser propietario te hace dependiente del propietario. Es cierto, pero, ¿quién es no propietario en este sistema capitalista? Todo el mundo tiene en propiedad su vida, su trabajo y su intelecto. Derivados del ejercicio de las propiedades anteriores vendrán otras pertenencias. Pero, de raíz, el sistema capitalista reconoce a cada persona con unos derechos de propiedad inatacables, como los anteriormente mencionados. Ser propietario tampoco te hace independiente. Si quieres ser rico (acumular más propiedad que el resto) deberás de conseguir esa propiedad mediante el servicio a los demás, es decir, que dependes de los demás propietarios para poder tú serlo.

La siguiente crítica está relacionada con su financiación. Usar el concepto de presión fiscal es tramposo. El indicador de esfuerzo fiscal, que tiene en cuenta la población, es más realista. En ese sentido, España se sitúa por encima de la media de la OCDE, e incluso, de países modelo como Suecia o Noruega. La economía sumergida ronda el 17% del PIB. Y la teoría de la curva de Laffer nos ha demostrado que la recaudación no tiene por qué aumentar siempre que se incrementa la tasa impositiva. Con demasiada carga fiscal, las empresas quiebran o se van.

Las empresas son las que crean riqueza. Atraen capital o explotan recursos, luego, pagan a sus trabajadores que, finalmente, actúan de consumidores. No hay demanda sin oferta previa. Y si con altos impuestos destruimos la oferta, ¿qué riqueza queremos repartir?


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