¿Redistribuir la riqueza?

Artículo original en La Voz de Córdoba.

Una de las funciones del Estado de Bienestar y de la intervención del gobierno en la economía es la redistribución de la riqueza. Éticamente no se considera bueno que existan grandes desigualdades en términos de renta en una misma sociedad, es más, es algo que llega a considerarse injusto. Parece que ya es prácticamente el último argumento que justifica la intervención del Estado en la economía, puesto que, bien demostrado ha quedado que la planificación centralizada de la economía o un gran peso del Estado en la misma solo conlleva una menor generación de riqueza o incluso, la pobreza. Necesitamos la intervención estatal no por un motivo de eficiencia, sino simplemente de “ética” o “justicia”.

Todo este planteamiento -ampliamente compartido- es repensado y discutido por los teóricos de la Escuela Austriaca de Economía. El economista inglés Israel Kirzner, basándose en sus teorías sobre la creatividad empresarial y el dinamismo, sostuvo una idea alternativa respecto de la redistribución de la renta impuesta por el Estado. Su principal argumento venía a decir que las consideraciones sobre ética y justicia que se hacían sobre la riqueza y su reparto erraban al partir de un marco analítico estático, y que, entendiendo la realidad y la economía como un proceso dinámico, el análisis y las conclusiones serían muy distintas de las que se entienden en el mainstream actual.

La corriente principal, estática, ve la riqueza como creada, ya dada, lo único que hacemos es distribuirla, pues “nos la encontramos, nos topamos con ella”. De hecho, hasta en la situación más cotidiana, este argumento puede parecernos válido. Un símil casi perfecto es el de una tarta. Siempre tendemos a repartir la tarta por igual para todo el mundo, o al menos, eso es lo que se considera más justo y ético; que todo el mundo reciba el mismo trozo. Esta sería la visión y justificación estática de la redistribución de la renta. Pero ¿qué pasa cuando no existe la tarta?

En efecto, cuando la realidad la observamos desde un prisma dinámico, no podemos dar la tarta como creada o ya dada. Más bien, la tarta no existe de por sí, sino que se crea, se descubre o se hace cada vez más grande. O lo que es lo mismo: la riqueza no está dada y hay que repartirla, mejor dicho, la riqueza se crea o se destruye. Está creada por las personas, de manera individual o, como suele ser más común, de manera conjunta y cooperativa. Por ello mismo, la riqueza es fruto del trabajo, esfuerzo, dedicación, inteligencia, perspicacia… de las personas. Ya no es algo que encontremos o exista de por sí, sino que tiene un creador, entonces, es de justicia que su autor pueda apropiarse de ella. En el caso estático, la riqueza no tiene creador y, por tanto, no es justo que algunos reciban más que otros. Pero, en el momento en el que vemos la realidad tal y como es, dinámica, entendemos que la producción y los bienes tienen sus creadores; personas que han ideado y trabajado en ellos, y que merecen justamente su propiedad frente a otros que no han trabajado sobre esa cosa concreta.

Además, el profesor Huerta de Soto, tratando la teoría de Kirzner, hace una crítica muy interesante a los efectos de la intervención estatal en la solidaridad y la cooperación social. Este dice que la creatividad empresarial es una capacidad humana que busca detectar las necesidades de la demanda y descubrir una forma de solucionarlas. A nivel económico, la intervención estatal destroza esa libre iniciativa y creatividad empresarial, haciendo más difícil la coordinación social, la solución de las necesidades de la demanda y la generación de riqueza en general. Huerta de Soto considera que la creatividad es una cualidad que todos tenemos y que, al igual que en el caso económico, nos permite identificar los problemas de los más desfavorecidos y formas de solucionarlas. Si la intervención estatal se entromete, los resultados serán los mismos que para las circunstancias económicas: no habrá coordinación social, no se resolverán bien esos problemas y solucionaremos de peor forma la precaria situación de aquellos que lo pasan mal.

La realidad, lejos de ser estática, es completamente dinámica; todo cambia y evoluciona. La riqueza es fruto de la creatividad humana y sería injusto no reconocer lo que a cada uno le corresponde según produce, crea y descubre. Si queremos ayudar a los más desfavorecidos, no podemos confiar en la intervención estatal, porque además de no ser justa ni ética violando el principio de consentimiento y apropiación, acaba dificultando el funcionamiento de la creatividad humana, impidiendo la coordinación social, el descubrimiento y solución de los problemas sociales.


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