Casas de apuestas y prohibiciones

Artículo original en La Voz de Córdoba:

Es para mí de reciente actualidad el debate que rodea el asunto de las casas de apuestas. Partidos políticos como Podemos y Vox, los primeros, socialistas de izquierdas, y los segundos, socialistas de derechas (entendiendo el socialismo como la intervención del Estado en la economía y en la vida personal de los ciudadanos), han criticado a las casas de apuestas, acusando al negocio de aprovecharse de las lamentables condiciones económicas de colectivos vulnerables, como por ejemplo ocurre en barrios más humildes. Parece que las intenciones de estos partidos, como siempre, pasan por la vía del control, la limitación, la prohibición… Por ello, conviene poner sobre la mesa una opinión desde la libertad.

No tiene sentido económico emplear nuestros recursos en una operación que tiene una muy pequeña probabilidad de éxito. Si además es algo que genera adicción, evidentemente estaremos ante un vicio. Sin embargo, muchos otros son los vicios que las personas repetimos día tras día, sin que haya ni la más mínima critica que las quese hacen a las casas de apuestas. El Estado también se dedica a las loterías y a las apuestas. Sí sí, el Estado, ese organismo que supuestamente está llamado a la solidaridad y a la redistribución de la renta, extrae riqueza de los más desfavorecidos, empleando importantes recursos en esta industria de las apuestas. La lotería es otro sinsentido económico, que incluso tiene menos probabilidad de éxito que las apuestas, y en el que todo el mundo participa. El tabaco o el alcohol son otraadiccionesMás aún, la obesidad es una de las grandes enfermedades actuales, y suele ser causa de un vicio por comer en exceso.

Prohibir o limitar las casas de apuestas por consistir en un vicio es una decisión arbitraria y demagógica. Si levantamos prohibiciones en el sector de las apuestas, entonces deberíamos de hacerlo para todas y cada una de las adicciones que son malas para el ser humano. Es decir, el Estado acabaría imponiéndonos qué comer, qué beber, qué comprar, en qué cantidad, dónde ir… en resumidas cuentas, nos quedaríamos sin libertad.

¿Queremos acabar con este trágico fenómeno? Pues demos libertad.

Demos libertad para que cada persona se haga responsable y sepa contener sus vicios y adicciones, en lugar de recurrir al paternalismo y a la disolución de responsabilidades en un aparato burocrático que nos infantiliza. Demos libertad económica para que esas familias y esos barrios puedan mejorar su situación económica y no tengan que recurrir a tales despropósitos. Fomentemos la cultura financiera (siempre de manera privada, no mediante la arbitrariedad y el monopolio del gobierno) para que la gente entienda que la lotería y las apuestas no tienen ningún sentido económico, y que lo que trae prosperidad es el ahorro y la inversión.

De esta forma, sí evitaremos definitivamente que tantas personas caigan en la trampa de los juegos de azar. Porque, si como bien argumentan los prohibicionistas, los ricos no recurren en tan proporción a las apuestas; la solución pasa por hacer rico a todo el mundo, ¡mejoremos sus condiciones de vidaClaro, esto es difícil de entender para todos aquellos que se posicionan, tan rotundamente en contra, de la divulgación de la cultura financiera, de la inversión en los mercados bursátiles o de la libertad económica en general. ¿Qué alternativa prestan estas personas a los más pobres? ¿Vivir de manera indigna con una subvención del gobierno? ¿Trabajar por una miseria? Pues seguramente, siendo pobres y sin ninguna opción económica, acaben acudiendo a las casas de apuestas.

El único camino que históricamente ha demostrado mejorar las condiciones de vida es la libertad económica, el laissez faire, laissez passer.  Si empezamos a prohibir de forma arbitraria cualquier cosa que se nos ocurra, será mucho más fácil que el Estado –encabezado por políticos– empiece a ganar cada vez más poder frente a los ciudadanos en todas y cada una de las esferas sociales, personales y económicas. Y esto, como bien sabemos, no suele acabar muy bien. La solución es la libertad, mejorar la vida de esas personas de manera real, no mediante “paguitas”, sino con un empleo y un salario que les permita ahorrar, invertir, planificar su futuro, el de sus familias, y de forma colateral, no caer en el vicio de los juegos de azar.


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